LARUÉS

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martes, 18 de marzo de 2014



LA SORPRESA




Es una tarde soleada y alegre. Un grupo de niñas se sienten felices. Están organizando una excursión. Sus mamás les han preparado una rica merienda.
El tío de Pilita se acerca y les dice:

-Tomad 50 pesetas para que os compréis alguna bebida o chuchería... para todas, ¿eh? Sed buenas y divertíos mucho.

Todas al unísono le contestan:

-¡Gracias, gracias!

Como una banda de gorriones, se dirigen a una fuentecilla cercana al pueblo, en donde brota un fresco y purísimo manantial. Todas quieren hablar deprisa. Tan deprisa lo hacen, que se olvidan de gastar el dinero que el tío les dio. ¿Qué hacer con él? De momento, y sin proponérselo, se les presenta un dilema. ¿Cómo solucionarlo? Todas gritan con alborozo. Entonces se les ocurre una idea: ocultarlo debajo de una piedra que puedan identificar y comprar otro día algún refresco.
¡Cuán riquísimo del sabe todo! ¡Con qué gusto meriendan! Con sus pequeños vasos cogen de aquella cristalina agua, obra de la Naturaleza. Se les ocurre algo. ¿Para qué quieren bebida artificial si tienen aquel regalo de Dios? Todas, al unísono, gritan: “Guardaremos el dinero, y lo enviaremos a los negritos, que tanto lo necesitan”.

¡Cuánto disfrutan aquellos angelitos! La mayor no tiene más de diez años. El verde césped queda un poco chamuscado por las carreras de mis amiguitas que, ajenas a mi presencia, han sentido la necesidad de dar rienda suelta a sus inquietudes infantiles.

Yo, invisible detrás de un árbol, me he sentido niña también, y hubiese deseado con toda mi alma retroceder unos años para poder jugar, saltar, discutir..., con esa inconsciencia propia de los niños. Estaba de paso por aquel pueblecito del Pirineo aragonés, pues, en mi ajetreo por la ciudad, sentíame cansada, agotada, ... Quería ordenar mis ideas, mis dudas, respecto a muchas cosas. De momento, aquellas inocentes niñas, con su actitud desprendida, han hecho mella en mi corazón. Sé que la vida no es siempre gris. La luz de la esperanza, con su hermoso color, ha abierto una ventana en mi alma solitaria.

Las niñas, después de una tarde feliz, recogen sus bolsas. En medio de sus griteríos, se dirigen a sus hogares, sin acordarse de la moneda oculta.

Las pobrecillas, en su mayoría, como están cansadas, se duermen rápidamente, y aquella noche sueñan con los ángeles, como suele decirse.

Pilita, que es mi principal protagonista, pues se trata de una niña huérfana, tiene un sueño maravilloso. No conoció a su madre, pues murió siendo muy niña. No sabe cómo fueron sus ojos, sus manos... Nunca pudo contemplar una fotografía..., pero aquella noche tuvo una aparición: era ella..., vestida con un traje que había visto en las arcas que guardaba con gran cuidado la abuelita. Se acercó despacio y, con sus blancas manos, acarició su rostro y le dio un beso en la frente. “Gracias, hija. Soy tu madre. Sé siempre pura y buena como eres ahora, que algún día nos volveremos a ver...”

¡Cómo le debía brillar a la pequeñina sus lindos ojos al despertar de aquel hermosos sueño...!
A la mañana siguiente recordaron el dinero y, todas asustadas del olvido, volvieron a aquel rincón en el que tan feliz rato pasaron.

Yo suponía que volverían y, como una curiosa atrevida, me parapeté en un lugar desde donde pudiera vislumbrar la escena. Ahí me enteré del sueño de Pilita y de otras muchas cosas de sus amigas que sería largo de contar.

Parece que las pequeñuelas temiesen que alguien les hubiese robado su tesoro: ninguna se atrevía a levantar la piedra.

-Tú, Pilita, tú-, gritaban todas.

Ella estaba temblorosa, hasta que una fuerza superior la ayudó.

-¡Ya está!-, gritó.

Se quedó muda, paralizada por la emoción, como quien ve visiones. No pudo gritar. Con su manita señalaba el sitio. ¡Cuál no sería la sorpresa de sus compañeras! Ahí estaban las 50 pesetas, sí, pero adornadas con un billete de 1000 pesetas.

-¡Milagro, milagro!-, repetían.

Yo, desde mi escondite, contemplaba el cuadro. Unas lágrimas emocionadas resbalaron por mis mejillas. Os puedo asegurar que nunca, nunca, me sentí tan feliz como en aquel momento.

Lentamente, me acerqué a ellas... Debieron comprender..., pues gritaron:

-¡Ha sido ella, ella, el “Hada maravillosa...”!



AVELINA FERRÁNDEZ

martes, 28 de enero de 2014



El mensaje de los Reyes




Juanito es un niño de ocho años, inteligente, despierto, pero muy desobediente, cosa que preocupa a sus padres, que le adoran y quieren lo mejor para él.

Es un día cualquiera. Son las diez de la noche. Mamá Juana ya le dio la cena apunto, para que se acueste temprano y se levante pronto, pues ella sabe que, por la mañana, es perezoso. Siempre llega tarde al colegio, cosa que le hace sufrir mucho. Están viendo la “tele”. A Juanito todo le gusta.



-Esto no puede seguir así-, grita el padre coléricamente, pues ya con cariño, razonando, lo habían mandado a la cama.



Se levanta y apaga la televisión. Mamá Juana no protesta, pues sabe muy bien que Rodolfo, su esposo, tiene toda la razón.



El buen Juanito se acuesta, pero no puede conciliar el sueño. Estaba viendo algo interesante, y su despierta imaginación ya está tejiendo su trama. Ninguna noche se acuerda de darles el beso de despedida. La rabieta que tiene se lo impide. Por fin se duerme profundamente. ¡Quién sabe si sus quiméricos sueños...!



Suena el despertador a las siete. Rodolfo tiene que ir a cumplir con su trabajo, pues es un hombre consciente de su deber.



-No te levantes, Juana. Yo me caliento el café-. Pero Juana, que es una mujer de las de antes, no lo consiente. Rodolfo coge su bocadillo, da un beso a su esposa y se dirige presuroso a la taquilla del “metro”, pues, como podéis ver, no tiene coche.



Mamá Juana va ordenando la casa sin hacer mucho ruido. No le gusta molestar a los vecinos, sobretodo a determinadas horas. Ya son las ocho y hay que despertar al niño.



-Juanito, chiquillo, despierta-, dice la madre con cariño. Pero el buen Juanito ni se entera.



Mamá Juana insiste hasta que consigue que el rapaz abra sus ojos somnolientos. De mala gana se levanta. Se viste con pereza. Se lava y asea tan lentamente que el reloj va señalando la hora del colegio. Como es natural, llega tarde. El profesor le riñe. Él se sabe inteligente y cree que podrá recuperar el tiempo perdido.



Pero no es así. Hay veces en la vida que un retraso tiene gran trascendencia. ¡Cuánto más será la de nuestro amiguito, que se repite a diario!



Rodolfo y Juana, de común acuerdo, encienden la televisión. Hay un buen programa, pero el niño tiene que acostarse.



-Juanito, hijo, es hora de acostarse, ya sabes...-.



Él cabizbajo, no obedece. Entonces interviene Rodolfo:



-¿Es que no has oído?-.



Juanito suelta una palabrota. El padre, que es bueno pero vivo de genio, no pasa por eso y le da una bofetada. ¡Si vierais, amiguitos, la que se armó! Empezó a patalear, a chillar, y tanto fue el alboroto que los vecinos se asustaron. Suena el timbre de la puerta. Mamá Juana abre con cuidado. Es tarde y le sorprende la llamada. Es su vecina:



-¿Qué le pasa a su hijo? ¿Acaso algún ataque de apendicitis?-, le dice con cierta sorna.



Juana se ruboriza. Se indigna con su atrevida vecina. Es una mujer serena, que sabe lo que tiene que hacer. Pide disculpas y promete que no volverá a ocurrir.



Un poco avergonzado de la escena que acaba de ocurrir, Juanito se acuesta.



Aquella mañana se levanta sin ningún esfuerzo y, bastante humilde, pide perdón a su madre. ¡Qué feliz se siente Juanito! Sus padres están contentos con él. Llega apunto al colegio. En la `primera evaluación lleva buenas notas.



Juana y Rodolfo van viendo los programas que más les agradan. Un niño de ocho años no debe influir en sus decisiones. Ellos le quieren, le adoran, pero no deben convertirse en sus muñecos. Sería perjudicial para el mismo Juanito.



El niño, como es natural, tiene muchos amigos. Cada uno cuenta lo que ha visto en la “tele”, pero bastante aumentado por su fantasía. Juanito empieza a sentir dentro de él la rebelión que tan duro castigo le trajera. Otra vez experimenta un cambio de conducta. Con el pretexto de hacer deberes, se vuelve a quedar más tarde. Como es natural, por la mañana no hay quién lo saque de la cama. Se vuelven a repetir las situaciones anteriores. Van llegando los suspensos y la desgana en el estudio.





Ellos, los padres, vuelven a estar preocupados, mas no quieren repetir la escena de la bofetada. Algo tienen que hacer, pero no saben qué. El estudiante va de mal en peor, y así van llegando las vacaciones navideñas.



¡Cómo se disfruta con los preparativos! Todo adornado con multitud de colores, los escaparates, las calles, ... Es maravillosa la llegada de estas fechas: los niños se sienten felices, extasiados ante tantos y tantos juguetes.



Nuestro amigo Juanito ha rendido poco este trimestre. Él lo sabe... No está contento de sí mismo, pero pronto, con la alegría de las Navidades, se olvida. Tiene unos días de asueto, de descanso, y, como es natural, escribe una carta muy larga para sus Reales Majestades.



Sus padres le dejan divagar un poco. Ya terminó la carta. ¡Con qué emoción ha escrito aquellos renglones! Rodolfo dice:



-¿Qué os parece si vamos a entregar la carta de Juanito?-

-¡Hurra, hurra!-, grita el muchacho con alborozo.



Muy unidos y abrigados, pues el tiempo es frío, se dirigen al lugar donde la pueden entregar. ¡Qué emocionante resulta contemplar aquellos niños con los ojos brillantes, callados, al ver tan de cerca a esos Reyes de largas barbas, que les anticipan ya con algún caramelo lo que vendrá después...

Juanito, con las mejillas arreboladas, les entrega la carta, por cierto, con mala caligrafía. Se la da al rey rubio. Él le sonríe y le da un caramelito. Pero no advierte que su padre le entrega un papel con los “sobresalientes” de su hijo.



El día tan deseado por los niños se va acercando. Los padres también disfrutan de la felicidad de los hijos.



Juanito, por no ser menos, está eufórico. Se va a dormir temprano. Quiere madrugar, pero no olvida poner en la ventana su brillante zapato. Le cuesta dormirse, pues la emoción le roba el sueño...



La mañanita de Reyes es muy fresca. Juanito se despierta y, rápido, se pone su bata. Por fin va a saber si los Reyes leyeron bien su misiva. No puede abrir la ventana. Las manos le tiemblan, pero al fin lo consigue... ¡Ay, su zapato está vacío...! Pero un paquete redondo luce adornado por un precioso papel. ¡Con qué ilusión abre Juanito el paquete!



-Pero...¿qué es esto?-



Se queda pálido, desencajado. Es nada menos que una hermosa calabaza, como las que salían en el programa de Don Cicuta. Pero... ¡ay!, ésta no tiene nada dentro. Simplemente estas frases: “Esto en la vida te aguarda”.



Juanito llora desconsoladamente en los brazos de su madre. Como es muy inteligente ha captado el mensaje.



Pasadas las vacaciones navideñas, reemprende las clases en el colegio. ¡Qué cambio se ha operado en el niño! Sólo ve de la tele lo que puede ver, y se acuesta cuando le mandan sus padres.



Por la mañana, como está bien dormido, se levanta temprano. En el colegio trabaja mucho. Así va transcurriendo el curso y llega su final. Tiene todo aprobado gracias a su tesón y al mensaje de los Reyes.



Sus padres se sienten muy contentos. El niño también disfruta de su felicidad.



Os sirva de lección, mis amados niños: Seréis la alegría de vuestros padres y sembraréis la semilla que un día os dará el fruto apetecido...





Avelina Ferrández



miércoles, 11 de diciembre de 2013

UN AÑO EN LA VIDA DE LARUÉS

---firma---

Diciembre, ya estás aquí. Eres el último del año, aunque el más hermoso, a pesar del frío que nos traes. Entonces nacen la mayor parte de los corderos, manteniendo muy ocupados a los pastores. Las ovejas madres son las mimadas del rebaño, reservándose para ellas lo mejor, como son los rastrojos con sus brotes, pipirigallos, la hierba de los huertos, etc... El resto del ganado se junta, cuidándose entre unos cuantos ganaderos que los conducen por los yermos de las sierras. Deben afilar sus dientes para poder subsistir. Este rebaño recibe el nombre de “bacivo”. Se les daba sal para que comiesen mejor.

Pronto llega el frío y la escarcha de la noche consume la ya escasa hierba, debiéndose recurrir a los piensos. Va transcurriendo Diciembre, trayéndonos las primeras nieves, dejando atrás el aire melancólico de los meses anteriores.

Ya se van acercando las Navidades y se hacen los preparativos. La alacena huele a turrón, que se cierra bajo llave, sino.... ya es de suponer. La masada recién cocida para tener pan tierno... ¡y por fin es Noche Buena! Las copas de los árboles blanquean; los pajarillos se refugian en los corrales al calor de los animales. Mi padre sube los troncos más gruesos que hay en el corral. “¿Para qué tanto, padre?”, preguntamos curiosos. “La noche está muy fría, hijos, y hay que calentar al Niño”.

Así, entre el chisporroteo de los leños, celebrábamos la Noche Buena. Cenábamos temprano para acudir a la Misa de Gallo. La cena es sencilla y semejante cada año: “bainetas” enrastradas en el verano, escarola y algún pescado. También tenemos turrón y vino “melau” (quemado su alcohol, y con azúcar, membrillo, pera asada, higos secos y pasas). Las llamas, entre violáceas y rojizas, bailaban sobre la superficie brillante del vino puesto a quemar. La alegría se adueña de nuestros corazones. Cantamos villancicos, hacemos bromas, ... No es el efecto de la comida en sí, sino algo más profundo, algo que adivinamos los cristianos.

Entre rezos y algaraza, suena la campana, un poco ronca por la nieve. Hace mucho frío, pero con el espíritu alegre y nuestra mejor ropa acudimos a la Iglesia. Os diré en secreto que es costumbre estrenar alguna prenda en esa misteriosa noche. Los pastores acuden con sus zamarras y tambores; son los primeros en adorar a este Niño chiquitín y puro que reposa en su humilde pesebre. ¡Él, que pudo nacer en un Palacio! Hermoso mensaje para la humanidad. Entre villancicos y zambombas vamos pasando todos estampando un beso en su rodilla. Él sonríe y parece decirnos: “¡Conservad esa alegría!”. Acabada la misa, acudimos a casa, y es tradición hacer “colación” que se basa en un poco de longaniza y vino, finalizando así la Noche Buena.

El día de Navidad es muy celebrado. El tiempo transcurre, llegando el día 28, los “Santos Inocentes”, que resulta ser la fiesta de los pícaros, que nos enriedan con bromas y pequeñas mentiras que son bien aceptadas, en general. El año se despedía echando “Santos y Santas”, todos en familia. Se comía turrón y se bebía vino melau. Así, con el corazón alegre, cae un año más en nuestras pobres vidas. Suenan las doce campanadas, y nuestro corazón late, esperando que el Año Nuevo sea de amor, paz y felicidad.

Avelina Ferrández

domingo, 17 de noviembre de 2013

UN AÑO EN LA VIDA DE LARUÉS



noviembre


Ya estamos en Noviembre, que nos resulta triste. ¿Por qué?, me pregunto. Quizá porque las campanas comienzan a doblar a muerto.




El día de Todos los Santos acudimos al Camposanto a rezar el Rosario; con la misa de difuntos se prepara el ánimo para la meditación.



También la Natualeza se entristecía. Los árboles perdían su verdor; el viento se arremolinaba y esparcía las hojas secas. Al calor de la lumbre se “escorcollaban” las almendras y nueces, que quedaban desprovistas de su verde envoltura exterior, y se “esgranaban” las judías para secar sus granos. Se trabajaba el cáñamo hasta conseguir su hilatura, que sería tejida en gruesas sábanas o fuertes telas empleadas en las labores del campo.



Noviembre me recuerda el otoño del hombre, que va caminando hacia su final ineludible. Por esto me gusta tanto la primavera, llena de belleza, juventud e ilusiones...



No te enfades conmigo, Noviembre, pues eres mes de reflexión. ¡Lo necesitamos tanto los humanos!. Así llego a este refrán, que dice: “Bendito mes que entró por Todos Santos y salió por San Andrés”.



                                                                                       Avelina Ferrández

jueves, 10 de octubre de 2013

UN AÑO EN LA VIDA DE LARUÉS

octubre
¿qué diré de ti? Me traes muchos recuerdos que debo esconder en mi corazón. El clima es bastante benigno y los hombres han comenzado la siembra. Madrugan mucho. El monte es largo y algunos campos distan una hora de camino. El día acorta bastante y el trabajo se hace largo y pesado. Si se siembra hasta el 15 ó el 20 dicen que resulta mejor. Almuerzan de buena mañana, con su sartén de migas, acompañando con una sardina o un trozo de tocino frito, sin faltar la ensalada de pimiento asado con cebollas de Fuentes de Ebro.

Durante el verano la despensa ha quedado medio vacía y se deben racionar los alimentos. En esta época, si se trabaja lejos, no se les lleva la comida. Ésta se toma fría, basándose principalmente en un poco de jamón, longaniza o carne asada, regado con un trago de vino tinto, nunca faltando la bota en las alforjas. Regresaban ya entrada la noche y se les guardaba una cena fuerte, a base de judías o verdura, seguido de un guisado de carne con patatas.

El primer domingo de Octubre se celebraba la Cofradía de la Virgen del Rosario. Los cofrades se juntaban todos en una casa, variando cada año. Parecía una competición de comidas: ¡A ver quién la podía presentar mejor! La mujer o la hija de cada cofrade acudía trayendo la comida. La Cofradía aportaba el vino y un kilo de carne por familia, sustrayéndose de los fondos comunes.

Este mes se celebraba el “Mes del Rosario”. En las mañanas del domingo tenía lugar el “Rosario de la aurora” por todas las calles del pueblo. El 12 de Octubre era muy celebrado en Larués; para eso la “Pilarica” es la patrona de nuestra región. Tenía lugar la despedida de los “quintos”. En esta fiesta teníamos cabida las mujeres; se hacía una buena chocolatada, reinando la camaradería entre la juventud.

En esta época se hacía la vendimia. Pocas casas poseían viña. Las uvas se pisan en el lagar y, pasados unos días, se prensan, para extraer el vino, mosto y vinagre.

Las ferias de Jaca se celebraban el 17. Acudían bandadas de gitanos con burros, resultando pintorescos con sus pies descalzos y el pelo enmarañado. Se guarecían en los corrales del monte. Por lo caminos aparecían gentes de lejanos pueblos, que venían a intercambiar y tratar con sus animales.

Así va transcurriendo este mes, con la llegada del frío y del fuerte viento del Norte que preludian el invierno; aunque el calendario no lo anuncia hasta Diciembre, en nuestras tierras aparece pronto, dando de ello respuesta el termómetro.

Avelina Ferrández

lunes, 16 de septiembre de 2013

UN AÑO EN LA VIDA DE LARUÉS



septiembre




Hasta la Virgen de Septiembre se limpiaban las eras. Antes de la llegada de la aventadora todavía perduraban los montones de mies trillada, en espera de que el viento suave separase el grano de la paja. Se iban recogiendo los pajuzos para trasladarlos a los corrales de ganado, en los que se convertirían con el tiempo en estiércol para la sementera. ¡Qué bonita quedaba la era! Tras las lluvias, los granos de trigo ocultos brotaban en grillones.



Septiembre aportaba a las mujeres una relativa tranquilidad. Se debía lavar mucha ropa, limpiar la casa concienzudamente, recoger lo que se producía en los huertos y, ¡cómo no!, salir a los portales para coser un poco.



El 8 de Septiembre era la feria de Berdún. En este lugar vivía la familia Lacadena, poseedora de una gran pardina lindante a nuestro pueblo. La cultivaban algunas familias. En este día le iban a pagar los tributos o arriendos, y era típico ver abundantes caballerías cargadas con sacos de trigo rumbo a Berdún. Actualmente dicha pardina ha pasado a ser propiedad del pueblo, dándole más riqueza al municipio. Cada vecino tienen derecho a algunas parcelas, perdiéndose si se ausenta de Larués para habitar en otro lugar. Se realizó la adquisición aproximadamente por el año 1955. Fue una buena inversión, pagándose con los ingresos obtenidos con la tala del pinar de Puya-Selva.



Por esta época también se realizaba una pequeña “corta de madera” que se llamaba “limpia”. Se talaban árboles contrahechos o medio secos, para poder hacer un lote de leña para cada vecino. Subía al monte un hombre de cada casa para realizar tal tarea. Solían trabajar poco, pero lo pasaban en grande; con la alforja bien repleta de comida y vino solían “comadrear”, y no había secretillo en el pueblo que no saliese a la luz. Se repartía la leña y cada uno bajaba la suya. Se regresaba por el camino del abrevadero, del lavadero y de la fuente. Las mocitas, con el cántaro en la cadera, esperaban ver aparecer a los leñadores.



Este mes era propicio para la celebración de las bodas. Siempre constituían una alegría para los novios o acompañantes. La víspera de la ceremonia se hacía el baile de despedida de solteros. El día de la boda se hacía un banquete en cada comida. La boda se realizaba en el pueblo de la novia, trasladándose a él el novio y los acompañantes. Se regresaba al pueblo, que en adelante sería el suyo, montados en caballerías bien aparejadas y adornadas. Cuando la novia es del mismo pueblo, tras una buena comida y alegres canciones, el novio pagaba algún dinero a los mozos por haberles quizá “robado” una moza del pueblo . Si alguno de los cónyuges era viudo ponían en su puerta una “carnuzada” o “esquilazos”. En cualquier caso, se ignoraba dónde dormirían los novios. La noche de bodas se pasaba en el pueblo, y no se hacía el viaje de “luna de miel”. Si se llegaba a conocer el lugar exacto donde pasarían la noche los novios, ya no se les dejaba tranquilos un momento hasta el amanecer. El día de bodas era de alegría para todos, con los repiques de campanas, cohetes, peladillas, buena comida y baile. A la novia le daban en su casa una pequeña dote, el ajuar y la habitación. Ella pasaba a disfrutar lo que poseía su consorte, teniendo que hacer la “renuncia” a la heredad de su casa natal. También quedaba comprometida a cuidar a los abuelos o “tiones” que se encontraban en la casa de su esposo.



Como en general después de la boda venía el bautizo, voy a explicaros cómo se celebraban. Era costumbre hacer chocolatada, con la típica torta-buena para todos los invitados. Después se solía servir un refresco y repartir peladillas. Los padrinos, si eran pródigos, echaban peladillas, caramelos y calderilla, o bien almendras, por las calles. Los chiquillos corrían alborozados, siendo empujados por alguna madre que se mezclaba entre ellos.



En el bautizo, a los recién nacidos no les gustaba la sal, y algunos lloraban. En general, la madre no acudía al bautizo, pues permanecía en casa reponiéndose hasta la celebración de una misa, en donde quedaba purificada. El bebé quedaba instalado en la casa, bien en una cuna o en la cama de los padres.



También se realizaba el retorno a la escuela. Sólo hay una en el pueblo, por lo que era regentada por una sola maestre. Recuerdo a la que tuvimos en nuestra infancia. Permaneció muchos años en Larués, donde murieron su esposo y alguna de sus hijas, que fueron enterradas en un nicho de cristal en el cementerio, que ha desaparecido con el paso de los años. En el invierno acudíamos muchos alumnos, quizá de 60 a 70, entre niños y niñas, para reducirse el número a la mitad con el comienzo de la primavera. Al llegar a los diez años apenas se acudía a la escuela. La maestra poseía una gran personalidad, y nos trataba de convencer para que fuésemos acudiendo y salir más preparados. Había un señor en el pueblo que conocía la aritmética y durante el invierno hacía escuela para adultos, acudiendo los más aplicados para recordar o aprender algo nuevo.



En Septiembre se recogen también las patatas y algunos frutos, pero mi pobre Larués tiene tan pocos que a veces han sido arrancados ya por las manos de traviesos chiquillos.



En este mes se visitaban los parientes que vivían en otros pueblos. También se solía intercambiar la simiente de un lugar a otro. La paja sobrante se subía en caballerías o carros para venderla a cambio de patatas o judías secas. Tenía lugar la venta del trigo. La cebada se guardaba para los animales domésticos. En el molino del pueblo se trituraba el grano para el abastecimiento anual de pan, cuyo consumo era alto en relación a otros alimentos.



Llega San Miguel, el “santo revolvedor”. Es la fecha destinada para cambiar los asalariados de dueños o bien renovar el “contrato”, siempre verbal, hasta el próximo San Miguel. Ya bajaban los ganados de Puerto. ¡Con qué ilusión los esperábamos! ¡Cómo había crecido su lana, recién esquilada, durante el verano!



Ya con los campos preparados para la siembra me paso a Octubre.



Avelina Ferrández



domingo, 18 de agosto de 2013

UN AÑO EN LA VIDA DE LARUÉS

abuelo Miguel de puente en la trilla.

agosto

   Agosto, me parecían bonitas tus costumbres; ya con la siega, hecha llegaba la trilla. El calor era sofocante, pero el trabajo menos duro y más variado. Las eras están llenas de personas dedicadas a las mismas tareas. Os diré por orden cuáles eran.

   El acarreador salía con sus bestias temprano por esos caminos de Dios en busca de la mies para poder trillar. Si los campos estaban lejos, salía a la una o las dos de la madrugada, durmiendo con el calor. Nos levantábamos con el alba para entrar la paja o cuidar los animales empleados en la trilla, sacándolos a pastar al monte.

   Luego se ensanchaba la “parba”, o sea, los fajos acarreados durante la noche. Entre tanto se almorzaba, mientras iban acudiendo las bestias del monte. Se formaba una yunta o dos, según las posibilidades de cada vecino. Las yeguas o caballos eran más ligeros que los clásicos machos. Éstos servían mejor para el acarrero, pero colaboraban en todo, quedando al final del verano flacos y medio cojos.

   Los animales, guiados por una persona, daban vueltas y más vueltas. Era pesado, pero el agua fresca y el descanso en alguna sombra ayudaban a continuar. Cada hora se “encontornaba”, dándole vuelta a la mies. Las mujeres aprovechaban para remendar los sacos y sábanas gruesas que se desgastaban.

   A mediodía temprano, mientras el sol calentaba las espigas, se desenganchaban las bestias, inquietas ya por el acoso de las moscas, llevándolas a abrevar. Nuevamente se encontornaba. La mujer preparaba la comida, tras haber atendido a numerosas tareas, no sin haber ido a la fuente para traer un cántaro de fresca agua.

   La siesta era pequeña en el mes de agosto. Ya va acortando la tarde y se ha de aprovechar el tiempo al máximo. Nuevamente a la trilla, cantando para espantar el sueño que nos tienta. Se recoge la parba con una “retabilladora”  grande sostenida por una persona, mientras que otra conduce la bestia con un ramal.

   Ya está preparado el montón para su selección y la aventadora con su manivela. Se merienda un poco y se prosigue entre el molesto sol y el polvillo de la paja, que se mezcla con el sudor. El sol va bajando al compás del montón. Una persona hace funcionar la aventadora mediante la manivela, otra echa la mies por la parte superior, y otra aparta el trigo, la paja y los morazos con palas de madera.

   Cuando el aire cambia, sobre todo si viene el bochorno, se viene todo a la cara, y no se puede continuar, teniéndose que cambiar la aventadora de posición, como todo lo demás, perdiéndose un tiempo precioso. Acabado el montón grande se avienta el pequeño de los morazos.

   Se selecciona el trigo y, entrada la noche, se llenan con él los sacos, transportándose al granero. Es el final de la jornada, para alegría de todos, repitiéndose los mismo a lo largo del mes de Agosto. A pesar del cansancio cumplíamos con nuestras tareas, ya que entonces culminaba el esfuerzo de todo un año.

   A veces las grandes tormentas nos dificultaban. En la siega corríamos todos a guarecernos en los corrales. Durante la trilla las tormentas entorpecían grandemente. Al día siguiente se debía darle vuelta a la parba para que se secase al sol, pues mojada no se podía trillar, y casi se perdía todo un día, como mínimo. Se barrían las eras con grandes escobas hechas de ramas atadas. Debíamos acudir a los campos para recoger y ordenar los fajos que se llevaban los vendavales, y se les daba la vuelta, pues las espigas se aferraban a la tierra con sus grillones. Así, luchando con los elementos de la Naturaleza, el pobre labrador está a merced del tiempo, que a veces no es muy compasivo.

   Mes de Agosto, sólo cuentas con una fiesta en tu haber, siendo esperada su llegada ansiosamente: el día 15 se celebra la Asunción de Nuestra Señora (“el día de la Virgen”). Poco a poco se va desgastando el mes, que resulta típico, pues los vecinos se juntan por los caminos y se relacionan.

   Todo este proceso ha cambiado hoy en día. La maquinaria ha sustituido en parte la mano del hombre; la “concentración parcelaria” ha cambiado la distribución de las propiedades, facilitándose el trabajo, que ahora es cumplido en menos tiempo y esfuerzo gracias a las Cooperativas.

   Agosto, me eres simpático, pero ya te acabas, trayendo de la mano a tu vecino Septiembre.


                                                                       Avelina Ferrández

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sábado, 13 de julio de 2013

UN AÑO EN LA VIDA DE LARUÉS

julio


   El calor aprieta, y ya tenemos próxima la siega del trigo. ¡Cómo lucen los trigales, dorada su mies y preparada para el sacrificio!

   Han subido los ganados a los puertos anteriormente arrendados. El clima allí es más fresco y la hierba está verde. Los animales se fortalecen para combatir los rigores del invierno. Suelen subir todos los rebaños del pueblo juntos, siendo cuidados por tres o cuatro pastores. Éstos se malalimentan a base de migas, tocino y cebolla. Son muy malos parajes, transportándose los alimentos mediante borriquillos. Si alguna oveja o cabra se despeña, es recogida y su carne se sala y seca al aire y al sol, resultando el “salón”. Los ganados han sido marcados con pez. Ya de recién nacidos les han señalado las orejas, marca que siempre perdurará. Mucha gente sale a verlos marchar. Ellos corren vertiginosamente al compás de sus esquilas.

   Ya hemos empezado la siega, con hoces o guadaña. En algunas casas tenían también atadora o agavilladora. Es buena tierra, pero las piedras a veces dificultan la tarea. Los caminos eran malos, y las máquinas se averiaban al ser transportadas. ¡Cuántas veces hemos visto aparecer el sol en el firmamento! Conforme va ascendiendo calienta con más fuerza. Es pesado estar todo el día bajo sus rayos.

   Se comía a menudo. A las diez echábamos la “macarrona”: pan con vino y azúcar. Al mediodía por los caminos aparecían las mujeres, con sus blancos pañuelos y la cesta de la comida en la cabeza. Se esperaba con ansia este momento. Se buscaba una sombra y comíamos todos en familia. Los hombres duermen la siesta; las mujeres deben fregar los platos y preparar la ensalada para la merienda. Pronto hay que reanudar la tarea, no vaya a ser que una mala nube se lleve el esfuerzo de todo un año, y así, con ese incentivo,  desarrollamos con brío el trabajo. Hace mucho calor. La mies, durante el descanso, se ha resecado por el sol, y los pinchos saben “acariciar” nuestra piel. Nos hacemos una gaseosa de papel con agua fresca, y otra vez a la tarea.

   Entrada la noche, se regresa a lomos de las caballerías, bajo el destello de las estrellas y el canto de los grillos.

   La siega duraba de quince a veinte días. Santiago era la única fiesta del mes. Hasta la hora de la misa se segaba algún campo cercano al pueblo. Las mujeres aprovechaban para hacer algún poco de limpieza, pues en esta época se hacía sólo lo más indispensable. Por la tarde disfrutábamos todos juntos.

   Ya queda poco de ti, Julio, y nos adentramos en tu hermano Agosto, caluroso y acogedor.

                                                                                                            Avelina Ferrández