LARUÉS

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martes, 18 de marzo de 2014



LA SORPRESA




Es una tarde soleada y alegre. Un grupo de niñas se sienten felices. Están organizando una excursión. Sus mamás les han preparado una rica merienda.
El tío de Pilita se acerca y les dice:

-Tomad 50 pesetas para que os compréis alguna bebida o chuchería... para todas, ¿eh? Sed buenas y divertíos mucho.

Todas al unísono le contestan:

-¡Gracias, gracias!

Como una banda de gorriones, se dirigen a una fuentecilla cercana al pueblo, en donde brota un fresco y purísimo manantial. Todas quieren hablar deprisa. Tan deprisa lo hacen, que se olvidan de gastar el dinero que el tío les dio. ¿Qué hacer con él? De momento, y sin proponérselo, se les presenta un dilema. ¿Cómo solucionarlo? Todas gritan con alborozo. Entonces se les ocurre una idea: ocultarlo debajo de una piedra que puedan identificar y comprar otro día algún refresco.
¡Cuán riquísimo del sabe todo! ¡Con qué gusto meriendan! Con sus pequeños vasos cogen de aquella cristalina agua, obra de la Naturaleza. Se les ocurre algo. ¿Para qué quieren bebida artificial si tienen aquel regalo de Dios? Todas, al unísono, gritan: “Guardaremos el dinero, y lo enviaremos a los negritos, que tanto lo necesitan”.

¡Cuánto disfrutan aquellos angelitos! La mayor no tiene más de diez años. El verde césped queda un poco chamuscado por las carreras de mis amiguitas que, ajenas a mi presencia, han sentido la necesidad de dar rienda suelta a sus inquietudes infantiles.

Yo, invisible detrás de un árbol, me he sentido niña también, y hubiese deseado con toda mi alma retroceder unos años para poder jugar, saltar, discutir..., con esa inconsciencia propia de los niños. Estaba de paso por aquel pueblecito del Pirineo aragonés, pues, en mi ajetreo por la ciudad, sentíame cansada, agotada, ... Quería ordenar mis ideas, mis dudas, respecto a muchas cosas. De momento, aquellas inocentes niñas, con su actitud desprendida, han hecho mella en mi corazón. Sé que la vida no es siempre gris. La luz de la esperanza, con su hermoso color, ha abierto una ventana en mi alma solitaria.

Las niñas, después de una tarde feliz, recogen sus bolsas. En medio de sus griteríos, se dirigen a sus hogares, sin acordarse de la moneda oculta.

Las pobrecillas, en su mayoría, como están cansadas, se duermen rápidamente, y aquella noche sueñan con los ángeles, como suele decirse.

Pilita, que es mi principal protagonista, pues se trata de una niña huérfana, tiene un sueño maravilloso. No conoció a su madre, pues murió siendo muy niña. No sabe cómo fueron sus ojos, sus manos... Nunca pudo contemplar una fotografía..., pero aquella noche tuvo una aparición: era ella..., vestida con un traje que había visto en las arcas que guardaba con gran cuidado la abuelita. Se acercó despacio y, con sus blancas manos, acarició su rostro y le dio un beso en la frente. “Gracias, hija. Soy tu madre. Sé siempre pura y buena como eres ahora, que algún día nos volveremos a ver...”

¡Cómo le debía brillar a la pequeñina sus lindos ojos al despertar de aquel hermosos sueño...!
A la mañana siguiente recordaron el dinero y, todas asustadas del olvido, volvieron a aquel rincón en el que tan feliz rato pasaron.

Yo suponía que volverían y, como una curiosa atrevida, me parapeté en un lugar desde donde pudiera vislumbrar la escena. Ahí me enteré del sueño de Pilita y de otras muchas cosas de sus amigas que sería largo de contar.

Parece que las pequeñuelas temiesen que alguien les hubiese robado su tesoro: ninguna se atrevía a levantar la piedra.

-Tú, Pilita, tú-, gritaban todas.

Ella estaba temblorosa, hasta que una fuerza superior la ayudó.

-¡Ya está!-, gritó.

Se quedó muda, paralizada por la emoción, como quien ve visiones. No pudo gritar. Con su manita señalaba el sitio. ¡Cuál no sería la sorpresa de sus compañeras! Ahí estaban las 50 pesetas, sí, pero adornadas con un billete de 1000 pesetas.

-¡Milagro, milagro!-, repetían.

Yo, desde mi escondite, contemplaba el cuadro. Unas lágrimas emocionadas resbalaron por mis mejillas. Os puedo asegurar que nunca, nunca, me sentí tan feliz como en aquel momento.

Lentamente, me acerqué a ellas... Debieron comprender..., pues gritaron:

-¡Ha sido ella, ella, el “Hada maravillosa...”!



AVELINA FERRÁNDEZ

martes, 28 de enero de 2014



El mensaje de los Reyes




Juanito es un niño de ocho años, inteligente, despierto, pero muy desobediente, cosa que preocupa a sus padres, que le adoran y quieren lo mejor para él.

Es un día cualquiera. Son las diez de la noche. Mamá Juana ya le dio la cena apunto, para que se acueste temprano y se levante pronto, pues ella sabe que, por la mañana, es perezoso. Siempre llega tarde al colegio, cosa que le hace sufrir mucho. Están viendo la “tele”. A Juanito todo le gusta.



-Esto no puede seguir así-, grita el padre coléricamente, pues ya con cariño, razonando, lo habían mandado a la cama.



Se levanta y apaga la televisión. Mamá Juana no protesta, pues sabe muy bien que Rodolfo, su esposo, tiene toda la razón.



El buen Juanito se acuesta, pero no puede conciliar el sueño. Estaba viendo algo interesante, y su despierta imaginación ya está tejiendo su trama. Ninguna noche se acuerda de darles el beso de despedida. La rabieta que tiene se lo impide. Por fin se duerme profundamente. ¡Quién sabe si sus quiméricos sueños...!



Suena el despertador a las siete. Rodolfo tiene que ir a cumplir con su trabajo, pues es un hombre consciente de su deber.



-No te levantes, Juana. Yo me caliento el café-. Pero Juana, que es una mujer de las de antes, no lo consiente. Rodolfo coge su bocadillo, da un beso a su esposa y se dirige presuroso a la taquilla del “metro”, pues, como podéis ver, no tiene coche.



Mamá Juana va ordenando la casa sin hacer mucho ruido. No le gusta molestar a los vecinos, sobretodo a determinadas horas. Ya son las ocho y hay que despertar al niño.



-Juanito, chiquillo, despierta-, dice la madre con cariño. Pero el buen Juanito ni se entera.



Mamá Juana insiste hasta que consigue que el rapaz abra sus ojos somnolientos. De mala gana se levanta. Se viste con pereza. Se lava y asea tan lentamente que el reloj va señalando la hora del colegio. Como es natural, llega tarde. El profesor le riñe. Él se sabe inteligente y cree que podrá recuperar el tiempo perdido.



Pero no es así. Hay veces en la vida que un retraso tiene gran trascendencia. ¡Cuánto más será la de nuestro amiguito, que se repite a diario!



Rodolfo y Juana, de común acuerdo, encienden la televisión. Hay un buen programa, pero el niño tiene que acostarse.



-Juanito, hijo, es hora de acostarse, ya sabes...-.



Él cabizbajo, no obedece. Entonces interviene Rodolfo:



-¿Es que no has oído?-.



Juanito suelta una palabrota. El padre, que es bueno pero vivo de genio, no pasa por eso y le da una bofetada. ¡Si vierais, amiguitos, la que se armó! Empezó a patalear, a chillar, y tanto fue el alboroto que los vecinos se asustaron. Suena el timbre de la puerta. Mamá Juana abre con cuidado. Es tarde y le sorprende la llamada. Es su vecina:



-¿Qué le pasa a su hijo? ¿Acaso algún ataque de apendicitis?-, le dice con cierta sorna.



Juana se ruboriza. Se indigna con su atrevida vecina. Es una mujer serena, que sabe lo que tiene que hacer. Pide disculpas y promete que no volverá a ocurrir.



Un poco avergonzado de la escena que acaba de ocurrir, Juanito se acuesta.



Aquella mañana se levanta sin ningún esfuerzo y, bastante humilde, pide perdón a su madre. ¡Qué feliz se siente Juanito! Sus padres están contentos con él. Llega apunto al colegio. En la `primera evaluación lleva buenas notas.



Juana y Rodolfo van viendo los programas que más les agradan. Un niño de ocho años no debe influir en sus decisiones. Ellos le quieren, le adoran, pero no deben convertirse en sus muñecos. Sería perjudicial para el mismo Juanito.



El niño, como es natural, tiene muchos amigos. Cada uno cuenta lo que ha visto en la “tele”, pero bastante aumentado por su fantasía. Juanito empieza a sentir dentro de él la rebelión que tan duro castigo le trajera. Otra vez experimenta un cambio de conducta. Con el pretexto de hacer deberes, se vuelve a quedar más tarde. Como es natural, por la mañana no hay quién lo saque de la cama. Se vuelven a repetir las situaciones anteriores. Van llegando los suspensos y la desgana en el estudio.





Ellos, los padres, vuelven a estar preocupados, mas no quieren repetir la escena de la bofetada. Algo tienen que hacer, pero no saben qué. El estudiante va de mal en peor, y así van llegando las vacaciones navideñas.



¡Cómo se disfruta con los preparativos! Todo adornado con multitud de colores, los escaparates, las calles, ... Es maravillosa la llegada de estas fechas: los niños se sienten felices, extasiados ante tantos y tantos juguetes.



Nuestro amigo Juanito ha rendido poco este trimestre. Él lo sabe... No está contento de sí mismo, pero pronto, con la alegría de las Navidades, se olvida. Tiene unos días de asueto, de descanso, y, como es natural, escribe una carta muy larga para sus Reales Majestades.



Sus padres le dejan divagar un poco. Ya terminó la carta. ¡Con qué emoción ha escrito aquellos renglones! Rodolfo dice:



-¿Qué os parece si vamos a entregar la carta de Juanito?-

-¡Hurra, hurra!-, grita el muchacho con alborozo.



Muy unidos y abrigados, pues el tiempo es frío, se dirigen al lugar donde la pueden entregar. ¡Qué emocionante resulta contemplar aquellos niños con los ojos brillantes, callados, al ver tan de cerca a esos Reyes de largas barbas, que les anticipan ya con algún caramelo lo que vendrá después...

Juanito, con las mejillas arreboladas, les entrega la carta, por cierto, con mala caligrafía. Se la da al rey rubio. Él le sonríe y le da un caramelito. Pero no advierte que su padre le entrega un papel con los “sobresalientes” de su hijo.



El día tan deseado por los niños se va acercando. Los padres también disfrutan de la felicidad de los hijos.



Juanito, por no ser menos, está eufórico. Se va a dormir temprano. Quiere madrugar, pero no olvida poner en la ventana su brillante zapato. Le cuesta dormirse, pues la emoción le roba el sueño...



La mañanita de Reyes es muy fresca. Juanito se despierta y, rápido, se pone su bata. Por fin va a saber si los Reyes leyeron bien su misiva. No puede abrir la ventana. Las manos le tiemblan, pero al fin lo consigue... ¡Ay, su zapato está vacío...! Pero un paquete redondo luce adornado por un precioso papel. ¡Con qué ilusión abre Juanito el paquete!



-Pero...¿qué es esto?-



Se queda pálido, desencajado. Es nada menos que una hermosa calabaza, como las que salían en el programa de Don Cicuta. Pero... ¡ay!, ésta no tiene nada dentro. Simplemente estas frases: “Esto en la vida te aguarda”.



Juanito llora desconsoladamente en los brazos de su madre. Como es muy inteligente ha captado el mensaje.



Pasadas las vacaciones navideñas, reemprende las clases en el colegio. ¡Qué cambio se ha operado en el niño! Sólo ve de la tele lo que puede ver, y se acuesta cuando le mandan sus padres.



Por la mañana, como está bien dormido, se levanta temprano. En el colegio trabaja mucho. Así va transcurriendo el curso y llega su final. Tiene todo aprobado gracias a su tesón y al mensaje de los Reyes.



Sus padres se sienten muy contentos. El niño también disfruta de su felicidad.



Os sirva de lección, mis amados niños: Seréis la alegría de vuestros padres y sembraréis la semilla que un día os dará el fruto apetecido...





Avelina Ferrández



miércoles, 13 de enero de 2010

CUENTOS DE PREMIO

Buenas noticias:

Recientemente nuestro joven vecino de Larués, "Rober" de casa Francisca, ha participado en un concurso de redacción de cuentos, y lo ha ganado. El concurso estaba organizado por el área de cultura del Ayuntamiento de Jaca, y fueron bastantes los participantes. La entrega de premios tubo lugar el pasado sábado en el Palacio de Congresos de Jaca.

Por cierto, el premio económico era bastante chulo, y nuestro amigo habrá dado buena cuenta ya de el en Maci-Rock.

Aquí os dejamos una foto de la entrega de premios y el cuento ganador.

Todos queremos animarle para que siga escribiendo tan bonitos cuentos, y si sigue ganando premios , mejor aún.




OJOS VERDES


Alfonso

Nada más entrar en la posada, doña Juana empezó a subir las escaleras hacia el piso superior.
Yo me dirigí hacia el joven que permanecía semioculto detrás del mostrador.
Dos monedas de plata fueron más que suficientes para que se nos fuera concedida una habitación.

Al subir, mi señora yacía tumbada en su cama. Estaba seguro de que ella iba a dormir bastante poco, al igual que en las últimas cinco noches.
Era comprensible teniendo una hija enferma, con la tez blanca como la nieve, en la que resaltaban sus enormes ojos febriles alzados sobre unas negras ojeras.
Pero lo más preocupante era verla escupiendo sangrientos vómitos tan repetidamente.
Yo me dejé caer sobre mi lecho y cerré los ojos.
Sin darme cuenta, me quedé dormido.
Al poco rato me sorprendí al ver una silueta gritándome y empujando mis abundantes carnes con el fin de sacarme de la cama.
Enseguida se me pasó el aturdimiento e identifiqué a la mujer como doña Juana. Al parecer, soldados de la casa Blasco habían entrado en el albergue.
Nuestra casa, los Garcés, llevábamos largo tiempo enfrentados con ellos.
Nuestros antepasados fueron enviados a la guerra. El primero al mando pertenecía a nuestra estirpe, algo que nos honraba.
Sin embargo, los de la familia Blasco se creían más capacitados para ocupar ese puesto que sería muy bien recompensado al volver del combate.
El segundo al mando, que pertenecía a esa familia, asesinó a nuestro pariente y fingió que había muerto en un accidente, quedándose así con todo el botín.
Nunca se lo perdonamos…

A pesar de mis torpes movimientos, descendí por un árbol que había junto a la ventana, al igual que mi señora. Esperamos, junto a nuestros corceles, a que pasara un rato hasta que los soldados estuvieran dormidos y no llamar así su atención.
Cuando dejamos de escuchar los gritos y carcajadas del interior de la casa, partimos de nuevo hacia Santiago. Con un poco de suerte no sabrán que hemos pasado por este albergue.

Arnaldo

Ya muy de noche, nuestra brigada de inspección llegó a una posada no muy lejana de nuestra casa. Sin embargo, no estábamos tan cansados como para dejar que se nos apoderara el sueño y unas cervezas nunca vienen mal antes de dormir.
Nuestro capitán discrepó en unirse a nosotros en, según él, ese “burdo e inmaduro comportamiento”. Él era un hombre serio, con el honor siempre en cabeza, y hacía lo que él consideraba que era lo correcto.
Eso sí, él ya tenía planeado partir al día siguiente después de que nos sirvieran el desayuno, y nosotros lo sabíamos.
El capitán ocupó la última habitación libre, así que nosotros les compramos a algunos residentes la suya por una moneda de oro.

A la mañana siguiente no pudimos evitar, mientras desayunábamos, escuchar la conversación que mantenían el hombrecillo del mostrador y una mujer que parecía ser la dueña.
Ella le pedía vociferando explicaciones de por qué no había nadie en una determinada habitación. El chico afirmaba haberla alquilado, pero al parecer los huéspedes se habían ido en mitad de la noche sin dejar ni rastro.
Nuestro capitán intervino en su conversación preguntando por su aspecto. No lo teníamos por capitán gracias a sus proezas o a su familia, sino por su habilidad estratégica y sus certeras deducciones.
El posadero le contentó con su respuesta. Le dijo que a la mujer no le pudo ver la cara, pero sí advirtió unos rubios mechones que le colgaban por debajo de los hombros, y añadió que un hombre gordo, risueño, con la nariz gorda y los ojos verdes la acompañaba.
Al capitán le fue más que suficiente para poder sospechar de alguien, alguien que sin duda tenía que ser Doña Juana, y el acompañante, su escudero Alfonso.
¿Qué podían hacer por aquellas tierras, sin dirigirse hacia el centro de la región o hacia el castillo de alguna familia amiga?
El capitán pensó que quizás estuvieran haciendo el camino de Santiago y quisieran rezar algo por su hija enferma.

Alfonso

Durante la noche no me había dado cuenta, pero al hacer presencia los rayos del alba en el cielo vislumbré cuán hermoso era el camino que teníamos que recorrer.
Desde una loma se alcanzaba con la vista lo que parecía ser el mundo entero.
Lagos, ríos, campos alegres, todo en primavera.
Los bosques frondosos se imponían a lo lejos y un poco más cerca, se adivinaba un pueblo.
Habíamos avanzado mucho, así que decidimos hacer un descanso para desayunar, pero duró hasta la hora de comer.
Por ahora no nos faltaban provisiones.
Aún no se había puesto el sol cuando llegamos a la pequeña villa, mas estábamos muy cansados debido a que esa noche no habíamos dormido casi nada.
Había una posada, pero sugerí la idea de dormir en el convento, por si acaso nos seguían los guardias.
La llevamos a cabo y las monjas nos acogieron muy amablemente, y más cuando supieron que íbamos a Santiago.
La superiora se empeñó en que le contásemos toda la historia, y como no teníamos mucho que hacer, la contentamos.
Le explicamos que el marido de doña Juana estaba en la guerra y no sabía nada de esta peregrinación causada por la desconocida enfermedad de su hija y el casi conflicto con los soldados.
Ella se comprometió a ayudarnos en lo que pudiera. Nos fue más útil de lo que ella creyó.
Le pedimos con mucha amabilidad que buscara a un hombre y a una mujer que se pareciesen a nosotros.
También que colocase a alguien en la entrada del pueblo para que nos avisara en el caso de que llegasen los soldados.
En efecto, llegaron cerca de la media noche. Ya de paso, nuestro vigilante se enteró de que los soldados se iban a esconder en el camino para esperarnos.
Entonces doña Juana y yo nos dispusimos a preparar nuestra treta.

Arnaldo

Por la noche llegamos al siguiente pueblo.
Yo propuse asaltar el albergue, pero el capitán ya tenía su plan.
Según él, Juana y Alfonso se podrían haber escondido no sólo en el albergue, sino en cualquier otra casa.
Él prefirió que estuviéramos escondidos en el camino, en la arboleda que se encuentra una vez pasado el puente.
Era el único puente que había cerca para pasar el río, así que, si aún no lo habían cruzado, tarde o temprano tendrían que hacerlo.
Todos estuvimos de acuerdo, así que zanjamos el asunto. Dormimos en el albergue, y de paso, preguntamos si los habían acogido.
Muy temprano, bastante más que la noche anterior, salimos al camino.
De hecho, aún no había amanecido cuando ya estábamos esperando entre los arbustos. A partir de entonces todo fue esperar y esperar.
Esperar hasta que advertimos a dos personas cabalgando hacia nosotros. Eran un hombre gordo con la nariz regordeta y una guapa mujer de pelo rubio y largo.
Yo estaba a punto de saltar encima de ellos cuando el capitán se puso en pie y exclamó: “Alto”. No se dirigía a los caminantes, sino a nosotros.
Los dejó pasar. Afirmó que no eran ellos, que se habría equivocado pensando que se trataba de doña Juana y Alfonso, al coincidir con la descripción.
Y conocía sus caras de sobra como para no haberlos reconocido en el camino. Enseguida nos pusimos en marcha para volver a casa.
El capitán parecía disgustado. Mantenía la cabeza agachada, como si hubiera perdido todo su honor y prestigio de un solo golpe.
Cerca ya del último pueblo en el que habíamos dormido, nos encontramos con dos monjas que andaban por el camino.
Iban muy tapadas, aunque era comprensible, pues hacía bastante frío y era muy temprano. Aun así, pude distinguir que una era más gorda que la otra.
Tenía los ojos verdes